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miércoles, 22 de noviembre de 2017

El día que mi cámara encogió


En plena sesión, y tras revisar la imagen en la pantalla trasera de la cámara – si al final van a tener razón los detractores del uso de este gadget… ;) – una voz imperativa resonó en mi cabeza, contundente, sin vacilar:

"Necesitas una cámara más potente…”


Recorriendo al detalle, como el que busca desesperado esa lentilla perdida en el cuarto de baño, me dispuse a examinar en aquella pequeña pantalla y con una ampliación del 100%, los píxeles que conformaban la instantánea y observé, mientras tragaba saliva, el tan temido patrón de píxeles calientes (hot pixels) que se repetía y extendía hasta los confines del fotograma (puede servirnos también el molesto e insufrible ruido de luminancia, las antiestéticas aberraciones cromáticas o esa indomable falta de nitidez en los bordes de la imagen) y que algunos entendidos en la materia me habían comentado y yo me negaba a reconocer, hasta este preciso momento que lo contemplaba estupefacto frente a mis narices, en el LCD de mi propia cámara. Con ademán de repulsa, me retiré lejos del equipo, y suspiré, profundo, como al que acaban de trasladarle una fatal noticia, y no era para menos... 

lunes, 5 de diciembre de 2016

El ojo que – casi – todo lo ve


La tecnología avanza a pasos de gigante y por ende, se aplica – “irremediablemente” – a nuestros equipos fotográficos. Muchos recordaremos – de haber leído – la implantación por parte de Kodak en la sociedad de finales del XIX, de cámaras fáciles de usar, de apuntar y disparar, que facilitaban la toma fotográfica al usuario, y como recita Momeñe, poniendo “imágenes en manos de analfabetos visuales”. Este avance supuso la primera democratización de la fotografía, haciendo más accesible el proceso fotográfico. Con los años, la implantación de la era digital, trajo la que podemos considerar una segunda fase del proceso de democratización, con la llegada de la fotografía digital y su inevitable aluvión de seguidores "fotógrafos".

Hoy día, me atrevería a hablar de una nueva (tercera) democratización, fruto de la implantación de cámaras fotográficas en dispositivos móviles, agravando – irremediablemente (este no lo entrecomillo) – los efectos de la cita de Momeñe a la que hice alusión unas líneas más arriba. Pero todo no iba a ser negativo, al menos para los que aún amamos, sentimos e incluso padecemos en nuestra propia carne, esta pasión, esta arte, que une y separa a sus practicantes: la implantación de nuevas tecnologías, nos permite seguir disfrutando aún más de la fotografía, centrándonos en aspectos que están muy por encima de la técnica, en esa región donde los sentimientos y sensaciones afloran, haciéndonos vibrar y sentir el verdadero proceso creativo fotográfico y todos sus entresijos. Estos avances al contrario de lo que muchos podrían pensar, aún hacen que la cámara no sea por si misma ese ojo autónomo que todo lo ve y todo lo decide, sino mas bien ese artilugio óptico que casi todo lo ve, dejando en nuestros manos el mayor peso decisivo a la hora de detener el mundo.

martes, 18 de octubre de 2016

El equipo que no hacía buenas fotografías



Recuerdo mis años mozos, allá por el 2003, cuando estudiaba y trabajaba para costearme mi formación universitaria, una larga, tendida y surrealista conversación con un cliente. Días atrás, este comprador compulsivo (e ignorante) adquiría, presa del típico arrebato consumista, un equipo fotográfico de altas prestaciones, y por consiguiente, de elevado precio, en el establecimiento donde solía cubrir el turno de tarde, haciendo las veces de asesor en el departamento de electrónica y fotografía. Aquella estampa me marcó profundamente, al verle llegar, cabizbajo y desolado, portando bajo uno de sus brazos, la caja de la susodicha cámara con la que pretendía convertirse en el nuevo Avedon de las "arretratauras". Se sentía defraudado, estafado incluso: nadie le había informado que el simple hecho de adquirir un equipo de semejantes características (de esos que hacen tan "buenas" fotografias) junto a su inseparable libro de instrucciones correspondiente, no eran suficientes para salir airosos de cualquier situación fotográfica que le plantase cara, y obtener aquellos paisajes con los que soñaba cuando se postraba frente al último número de National Geographic, o esos maravillosos retratos llenos de color y vida, de un tal McCurry: si, ese que se ha vuelto trending topic en los últimos meses...

jueves, 15 de septiembre de 2016

De cómo me enamoré (y te enamorarás) de la fotografía nocturna


La figura del fotógrafo noctámbulo: fotógrafo solitario, habitualmente incomprendido por su pareja y amigos, mal mirado por los vecinos de las viviendas colindantes a la "zona de trabajo nocturno". Víctima de bandadas de mosquitos chupasangre y de las asiduas visitas sorpresa - con el tiempo, el factor sorpresa desaparece -  de los diferentes cuerpos de seguridad del estado que sin dudarlo acuden, llevados por la curiosidad, al primer golpe de flash o ráfaga de linterna que proyectan. Con esta escueta lista de características tendríamos definido el perfil de estos enamorados (obsesionados) de la fotografía nocturna - me he dejado muchas otras en el tintero para evitar aburrir al lector... Podríamos afirmar por tanto, que estamos ante todo un superhéroe de la fotografía, un mártir de la cámara y el trípode, un sufridor nato que lo da todo - incluso invirtiendo de su propia comodidad y descanso, por no hablar de su matrimonio... - por llevarse a casa la mejor estampa que a esas horas intempestivas de la noche podrían conseguir.

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