En plena sesión, y tras revisar la imagen en la pantalla trasera de la cámara – si al final van a tener razón los detractores del uso de este gadget… ;) – una voz imperativa resonó en mi cabeza, contundente, sin vacilar:
Recorriendo al detalle, como el que busca desesperado esa lentilla perdida en el cuarto de baño, me dispuse a examinar en aquella pequeña pantalla y con una ampliación del 100%, los píxeles que conformaban la instantánea y observé, mientras tragaba saliva, el tan temido patrón de píxeles calientes (hot pixels) que se repetía y extendía hasta los confines del fotograma (puede servirnos también el molesto e insufrible ruido de luminancia, las antiestéticas aberraciones cromáticas o esa indomable falta de nitidez en los bordes de la imagen) y que algunos entendidos en la materia me habían comentado y yo me negaba a reconocer, hasta este preciso momento que lo contemplaba estupefacto frente a mis narices, en el LCD de mi propia cámara. Con ademán de repulsa, me retiré lejos del equipo, y suspiré, profundo, como al que acaban de trasladarle una fatal noticia, y no era para menos...
"Necesitas una cámara más potente…”




