Recuerdo mis años mozos, allá por el 2003, cuando estudiaba y trabajaba para costearme mi formación universitaria, una larga, tendida y surrealista conversación con un cliente. Días atrás, este comprador compulsivo (e ignorante) adquiría,
presa del típico arrebato consumista, un equipo fotográfico de altas
prestaciones, y por consiguiente, de elevado precio, en el establecimiento donde solía cubrir el turno de tarde, haciendo
las veces de asesor en el departamento de electrónica y fotografía. Aquella estampa me marcó profundamente, al verle llegar, cabizbajo y desolado, portando bajo uno de sus brazos,
la caja de la susodicha cámara con la que pretendía convertirse en el nuevo
Avedon de las "arretratauras". Se sentía defraudado, estafado incluso: nadie le había informado que el simple hecho de adquirir un equipo de semejantes características (de esos que hacen tan "buenas" fotografias) junto a su inseparable libro de instrucciones correspondiente, no eran suficientes para salir airosos de cualquier situación fotográfica que le plantase cara, y obtener aquellos paisajes con los que soñaba cuando se postraba frente al último número de National Geographic, o esos maravillosos retratos llenos de color y vida, de un tal McCurry: si, ese que se ha vuelto trending topic en los últimos meses...
